La muda ciudad – por Sergio Colautti

 La muda ciudad – por Sergio Colautti

Un escritor que se levanta y escribe un cuento nuevo. La realidad del encierro vivido puede estar influenciando la prosa aunque también es cierto que quizás nada tenga que ver la realidad ya que el género es ficción, lo concreto en este caso es que Sergio Colautti nos transportó a esa ventana desde la cual un hombre mira, tanto que hasta sentimos el olor de su madera y pudimos percibir las grietas que el tiempo fue calando en la desgastada pintura.

Aseptico el ambiente que el hombre habita, libre de gérmenes pero también de contacto. Los días que pasan lentos e iguales. El cuento que tan generosamente el escritor nos ofrece para que podamos ser puente entre las letras y ustedes, estimados lectores que seguramente se dejarán atrapar como nosotros por esta historia.

La muda ciudad  

A veces levantamos la cabeza y creemos que tenemos que decir la verdad o la aparente verdad, y la volvemos a bajar. Eso es todo.

Thomas Bernhard, El sótano

            Es la ventana que tengo ante mí, como todos los días de estos muchos años. La luz que inunda el cuarto nace ahí y me deja ver la esquina donde se cruzan los autos que esperan en el semáforo con sus colores repitiéndose, una y otra vez, en los mismos tiempos, con la reiteración insoportable de las máquinas. Al pie de los cordones del asfalto, el pasto raleado y desparejo de las veredas suele dejarse habitar por algunos gorriones de paso fugaz; esas apariciones, al menos, son algo más sorpresivas y cambiantes que movimiento de los autos, que frenan y luego salen con la misma danza sin gracia, yendo y viniendo con los rostros cansados cuando no hastiados de sus conductores, mirando el vacío hasta que se mueven los otros o cambia el color de las luces que traen, otras vez, nuevos y viejos rostros agobiados de estar, siempre ahí, frenando y saliendo hacia el sitio adonde son empujados, para volver al mismo lugar de la ventana desde la que los miro desde hace tanto tiempo, siglos parecen.  

            Ayer una mujer cruzó la calle en dirección al supermercado con una niña que tomaba su mano. Como jugando iba, entre las baldosas, dando saltitos alegres, imaginándose ser una bailarina. Tal vez eso soñó la noche anterior, supongo. Los rostros y los gestos de los que andan en autos o los que pasan apurados denuncian, en cambio, pesados insomnios, pesadillas ingobernables, se me ocurre a mí, que duermo poco o sueño mi pesadilla diaria, esta condena de estar sobre este colchón vencido, inmóvil, mirando el transcurrir sin sentido. La ventana no me dejó ver más que cuando la señora y la niña estaban por acceder a la vereda siguiente, y las perdí.

            En el centro exacto de mi ventana, del otro lado de la calle y en la esquina derecha, se acomoda, como todas las mañanas, el hombre que vende panes; despliega la mesa de metal, pone el mismo mantel, distribuye la mercadería a la que le supongo buen olor desde mi cama. Y se dispone a vender lo mismo, con la misma voz, todas las mismas mañanas en la esquina muda.

            Un buen rato después que pasó la señora con la pequeña, pasó la misma niña, pero hacia la derecha, de la mano de un hombre, tironeada con fuerza. Y la pollerita de bailarina acompañaba ahora el paso quebrado de la niña, que miraba siempre hacia atrás, gritando no sé qué cosa.

            Hace pocos días un espectáculo inusitado sucedió en la ventana. Es decir, en la esquina adormecida que la ventana me deja ver. Un corte de luz, entiendo, interrumpió la secuencia agobiante de los semáforos. Entonces asistí a una escena impensada, donde los coches se daban paso, más por temor que por cortesía, frenando varias veces, acelerando con cuidado hasta salir del cruce de la esquina que, por un instante, abandonaba su mudez de rutina y repetición. Hasta que la energía volvió, y fue todo como era cada vez que la luz del sol me dejaba ver mi rectángulo de mundo, desde la cama muda.

            Recuerdo, ahora que pienso, que cuando el hombre desapareció de la escena, tironeando a la niña, otro hombre apareció desde la izquierda y se paró, mirando hacia la esquina derecha y volviéndose hacia el vendedor de panes, que apuntaba hacia ese lugar, agitando su brazo izquierdo.

            No son muchos los que cruzan la calle para comprar los panes; los que quieren deben esperar el vaivén de los autos y me parece que prefieren avanzar hacia el supermercado o seguir. Es más, algunos ni miran cuando pasan delante de la mesita, y el vendedor parece invitar a nadie cuando repite su oferta sin impulso y sin confianza. Al final, suele levantar casi todo lo que trajo, salvo cuando bostezan las madrugadas de mayo o las escarchas de junio.

            Antes conté que los gorriones picotean la gramilla, buscando panes. Pero también aparecen, y es festejo en mi mirada, desacostumbrada de asombros, benteveos buscando sobras de carne imperceptibles, horneros tras las lluvias juntando pajitas embarradas y palomas caminando con esa graciosa torpeza que me divierte a falta de otro espectáculo, aquí en mi sitio que no muda ni mudará.

            Cuando se habían ido el viejo tironeando a la niña y el hombre que los corría por la derecha de mi ventana, llegó de nuevo, con rostro desencajado, la señora que pasó primero con la niña seguida de un agente policial cansado por el trote que hizo al cruzar la calle mientras hablaba con ella. La señora, no puedo saber por qué, agitaba su cabeza como negando o afirmando cosas ante el policía agitado. Los dos miraban hacia la derecha, como adivinando por dónde iba el viejo zamarreando a la niña. Cuando pisaron la vereda me di cuenta de que venían hacia mi ventana, es decir que venían decididamente hacia mí.

            Todo este movimiento es inusual en esta esquina. La ventana me deja ver siempre una ciudad muda. Los autos, los pájaros, los movimientos, los gritos y hasta los avatares del clima se suceden sin decir nada, porque los sonidos son siempre idénticos a sí mismos: el chirrido de una frenada, la tos de los motores, los gritos de los chicos que se llaman o se pelean, la sinfonía sin partituras de los pájaros, el chubasco resuelto, el trueno previsible, el repiqueteo de la arena contra los cordones cuando la gobiernan los vientos. Todo es igual. Esa repetición, indiferente a las historias, los júbilos y las tragedias de la gente que pasa y mi ventana registra muy de tanto en tanto, es la mudez de la que hablo. Un lenguaje sin relieve que oculta afanosamente el relieve de cualquier lenguaje. Muda ciudad. Mudez quizás deliberada, sobrevivencia posible de la aplastante indiferencia del vivir sin decir; solo transcurso mudo, hasta que acabe.

            Sin que lo sepan, la desesperación los hospeda.

            La mujer se paró frente a mi ventana. Hacía meses y meses que nadie se paraba ahí, como intentando hablarme. Meses y meses de solo ver, mudo ante la ventana quieta. El policía, recuperando el aire tras la corrida, me preguntó si yo vi algo, si podía darles información del hombre, de la niña, lo que sea. La madre dijo, mordiendo un pañuelo mojado, que cualquier información era muy valiosa. Y lo decía como implorando. Debe ser que, para ella, la cuestión era importante.

            Yo, que hacía varios meses no hablaba con nadie, acostado aquí, mirando la ventana, me quedé mudo. Y después pensé en mañana, en las otras mañanas, y dije que no vi nada, que nunca vi nada. Levanté la cabeza y la volví a bajar. Se fueron. Mejor. No vaya a ser que me cierren la ventana.

                                                                                                Sergio G. Colautti

                                                                                               Noviembre 2021

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