«El informe» – un cuento de Sergio Colautti

 «El informe» –  un cuento de Sergio Colautti

Un cuento trepa por las ramas de este árbol y anida en lo más alto de la copa para desde allí florecer en cada uno de nuestros lectores. Una temática sensible a toda la ciudad de Río Tercero, toma forma en el texto esta vez para expresar el dolor y la impotencia pero también las fuerzas que de ambos emergen. Sergio Colautti nombra, reclama y pone palabras a un sentir. Lo lleva a la ficción para ver si de esta manera…

El autor hace nacer un personaje, el realizador del informa que da título al cuento. Alguien que ve desde afuera pero que siente como desgarra por dentro. Que no puede reparar en que la distancia es simbólica, que a todos nos pasa de cierta forma. La justicia en cuestión y un relato que atrapa y conmueve. Pasen y lean esta nueva colaboración y el cuento inédito de Sergio cruzando el puente que es este árbol.

«El Informe»

Solo, en la oficina del quinto piso, el hombre quedó asombrado por el silencio duro del lugar, dejó la computadora en el escritorio, miró la ciudad, el obelisco, el vértigo del tránsito que contrastaba con la metálica quietud en la que su cuerpo era el centro; sintió el deslizamiento del ascensor, y la puerta que dejó pasar al fiscal, que movió la cabeza y ensayó una sonrisa levísima como saludo. Dijo empecemos ya. La voz dio inicio al orden que el escribiente esperaba y al sentido que la cita pactada proponía. Escuchando el dictado del fiscal, comenzó a escribir al ritmo del decir nervioso y a la vez fluido que escuchaba, palabra a palabra.

            Escribo para no morir. O para vivir de otro modo que no sea escapando de las pesadillas y las voces que me persiguen como fantasmas desde hace tantos años, tantas noches como infiernos. Pensé que callar y firmar lo que me pidieron era la mejor opción, pero no. Las amenazas me hicieron temblar todo el tiempo, pero ahora, viejo y solo ya, o cuento o me suicido. Por eso cuento.

            El hombre creyó que era un relato imaginario o el desarrollo de una ficción que el fiscal quería anotar para no dejar escapar. Hasta la segunda frase, cuando vio cómo apretaba los puños y clavaba los zapatos en la alfombra, como sacándose las palabras de encima. No era el dictado de un cuentista inspirado, era el vómito de un testigo quebrado, despedazándose.

            Teníamos toda la documentación ordenada y chequeada, a la espera del avance de la investigación. Pero la reunión en Campo de Mayo fue decisiva: demorar el juicio, diluirlo, que los años aplasten todo. Orden del presidente. Cobertura de la embajada. Sencillo y práctico, nada para hacer. Y para quien sacara los pies del plato, una vida entera para arrepentirse. Mientras dejábamos el lugar de la reunión, un juez, el que iba a ser designado en el caso, vio el terror en mi cara, quizás temió que pudiera plantear una queja o deslizar mi informe a la prensa o a otro fiscal. Quizás buscó tranquilizarme, pero me hizo temblar mucho más.

            Cuando el fiscal hizo una pausa más larga, seguramente tomando aire para contar lo más perturbador del hecho, el hombre sacó las manos del teclado y cuando las dejó caer a sus costados lo invadió la pesadilla de la noche anterior: el pasillo estrecho, oscuro, con gente que iba y venía; las ventanas, a lo largo, dejaban ver a los costados más gente corriendo entre escombros, escapando de un bombardeo inentendible, saliendo de sus casas derruidas. Se vio en el sueño, caminando impávido entre las esquirlas, el cielo humeante, el estupor y los gritos.

            El delegado no habló más de dos minutos: orden del presidente, dijo. Cuestión de estado, dijo. Y cruzó las manos como esperando alguna pregunta que nunca llegó. El juez ya sabía lo que me aclaró, como un secreto inviolable: la embajada había ordenado el envío de bombas limadas en el arsenal que explotó, dijo, y luego rectificó, que hicieron explotar. Si había problemas brindaban cobertura judicial aquí y en el exterior, silencio mediático, trabajo de inteligencia. Pero la operación debía hacerse sí o sí. El hecho de que nuestro país fuese garante de paz en el conflicto externo no era imposibilidad, era la arquitectura ideal para opacar y esconder el envío, triangulando el embarque según las indicaciones encriptadas que el presidente ya conocía. Todo parecía ir sobre rieles, hasta que el problema apareció, como un espectro pálido y quieto detrás de una puerta entreabierta.

             El hombre no conocía la ciudad donde el arsenal voló por los aires. Apenas escuchó su nombre en la televisión, en esos días. Como tantos casos, le pareció algo lejano, impersonal. Desde Buenos Aires todo se ve distante y ajeno, casi sin entidad para preocupar a nadie. Pero a medida que el relato se desplegaba, algo parecido a un temblor empezó a acompañarlo, hasta que apareció la pesadilla y luego su recuerdo y después la sensación de no saber si la soñó otra vez o la obsesión de caminar a salvo de los proyectiles en la ciudad bombardeada, sin que nada le rozara ni las ropas, era una zozobra permanente y temblorosa que ya no lo abandonaría jamás, en todas sus vigilias.  

            El problema fue el cuarto embarque. Hasta ahí, las cargas se hacían como se acordó, trayendo municiones y proyectiles de los cuarteles de provincias para limpiarlos, prepararlos y sacarlos hacia el puerto y del puerto a Croacia. Tres, de modo prolijo, con poquísima gente al tanto de la operación. Hasta que, cuando se armaba el cuarto embarque, algunos diarios hablaron de tráfico de armas. Y contaron detalles. Leyendo los diarios, desde algunos cuarteles reclamaron por el material que les pidieron para rectificar. No era posible embarcar en esas condiciones. Se informó la situación. Desde inteligencia militar ordenaron acomodar las cargas en depósitos, preparar un inicio de fuego sincronizado y dirigido, para simular un incendio y ocultar lo que no se podía traficar. La sincronización era para no afectar al personal de la fábrica, porque las muertes propias serían sinónimo de escándolo social y la dirección era clave para evitar que las bombas afectaran a las plantas químicas convirtiendo la explosión en tragedia inusitada y en reclamo de los dueños de las empresas. Casi nada salió como se planeó desde el siniestro escritorio del poder.

            Cuando era evidente que el relato del fiscal, cada vez más nervioso, llegaba al final, el hombre comenzó a preguntarse adónde iría a parar esta confesión. Lo que contaba era, paradójicamente, otra explosión; temió preguntarle algo porque podía azuzar la ya temblorosa declaración, o mutilar su final. Por eso escribió sin hablar, casi sin respirar. Aquella indiferencia inicial por el pueblo bombardeado, la trama nauseabunda de la corrupción y los entreveros judiciales y políticos se iba convirtiendo en un sacudimiento extraño, seguramente por la seguidilla de los sueños atroces en la ciudad tapizada de esquirlas y su paso calmo en esas calles desconocidas. Comenzó a intuir que esa imagen insoportable era la metáfora de su desdén por las cosas del mundo. Y entendió, ahora, que era un hombre vaciado por el mismo mundo que el relato del fiscal detallaba, tan alejado ya de todo vestigio de alguna humana intensidad.

            El plan que debía simular un accidente salió a medias. Los agentes infiltrados que ingresaron la noche anterior a la planta, el cableado invisible para las explosiones, la disposición para accionarlo desde el exterior, elegir la hora del descanso para evitar el escándalo de la masacre interna, todo eso, funcionó. También la sincronización de la doble explosión, en la que la segunda direccionaba la onda expansiva evitando impactar las plantas químicas. Pero sabían que todo lo demás estaba fuera de control, que cualquier desastre podía suponerse de cara a la ciudad, con la gente desamparada corriendo debajo de un bombardeo impensable. Y lo hicieron igual porque la orden y la necesidad resultaron más fuertes. Fueron criminales pudiendo elegir no serlo. A pesar de los muertos y la difusión en el mundo entero, los autores de la masacre sabían que el paso de la primera página de los diarios a sus informes interiores les iría permitiendo acomodar las cargas, influir sobre la dirigencia política, pagar rápidas indemnizaciones para evitar la protesta social y, especialmente, sentarse con jueces y fiscales, como yo, para comprar o amenazar con la fuerza que siempre tienen el terror, el dinero o el ascenso imposible. A veces, en los casos más complicados, con dos o tres de esas variables. La instalación del sentido en una sociedad atemorizada y perpleja que tendía a pensar lo que los medios y poderes desplegaban fue clave: el presidente debía decir que fue un accidente, con seguridad y como un actor afiatado, repitió la frase. Y el gobernador, también asustado por las presiones y la tragedia inentendible, subrayó palabra por palabra. Todo estaba entonces donde debía estar. El tiempo aquietaría las aguas y la narrativa del accidente ganaría terreno. Hasta que apareció la doctora.

            La doctora, dijo el fiscal, con pesar o con culpa. Y silenció por varios minutos su perorata. Era evidente que la figura de esa mujer lo sacudía, que desnudaba todo aquello que él mismo no se animó a hacer: el fantasma ético de lo que decidió no ser por miedo o conveniencia. El hombre, sentado ahora frente a la computadora, se tomó la cara y respiró esperando que el fiscal hablara de la doctora, intuyendo que esa mujer había venido a desarmar todo el andamiaje que diseñó el poder invisible. Y esa noche soñó que caminaba en las calles destruidas y agonizantes y vio a la doctora pasar una y otra vez, y vio su paso indetenible y seguro, y vio, después, que lo miraba impugnándolo, y entonces supo que era su último sueño. Y no la vio más. Y despertó sintiendo el pecho galopar como un animal furioso y atormentado.

            El poder es poroso. Es un aparato articulado, con napas que se comunican y que siempre responden a los designios de la conveniencia económica, a la cual responden los otros subsistemas. El económico y jurídico es el verdadero poder porque se asienta en la permanencia: los otros poderes pasan, deambulan y le rinden pleitesía.  Pero es poroso, porque tiene agujeros mínimos donde se puede colar alguien, una idea, una rebelión inesperada, una anomalía. Aunque siempre se puedan sofocar, comprar o apropiar, esos pequeños orificios pueden horadar ese muro áspero. Y esa mujer lo hizo: convenció a personas que entendieron lo que pasó, y disputó el sentido de lo ocurrido, caminó entre escombros y pedazos de proyectiles, a paso inconmovible, se sentó mil veces con periodistas, fiscales, jueces. Conmigo también. La escuchaba sabiendo que decía la verdad entera, esa que investigué y callé. Esa mujer movió el cerco mendaz que construimos nosotros, y lo hizo con sus manos, sola. Y algún juez no pudo encubrir tanto, tanto tiempo. Y la causa avanzó, lentísima, como un arroyo de su provincia, esquivando piedras…   

            El hombre cerró la computadora cuando el fiscal dijo ya está, no puedo más. Cuando acomodaba sus cosas preguntó qué tenía que hacer con el dictado, con el texto ya concluido. Preguntó dos veces, se dio vuelta y vio la puerta sin cerrar y el ascensor que bajaba. El fiscal escapándose era también un mensaje último. El texto que contenía la confesión sobre la maquinaria que ocultó el crimen era ahora suyo, en sus manos estaba la sórdida trama del atentado. El hombre guardó el papel en su portafolio marrón y bajó sabiendo ahora dónde entregarlo, a quién y cuándo. Comprendió que la fuga del fiscal era parte de la estrategia para dejarlo solo con la verdad, como quien hace un encargo decisivo y único, y cruzó la ancha calle para dirigirse al edificio del diario. En el quinto piso estaba, como todas las tardes, el periodista que, seguro, lo publicaría. El que hablaba con la doctora. El que eligió no hacer silencio.

            Los diarios del día posterior daban cuenta del accidente: un hombre atropellado por un auto en la 9 de julio, un maletín marrón abierto y roto, comentarios sobre la distracción fatal del peatón. Completaban la noticia con estadísticas sobre accidentes y la necesidad de una urgente educación vial para evitarlos en un país que debe valorar la vida y la paz social, decían.

* Sergio Colautti Escritor argentino (Río Tercero, Córdoba, 1959). Fue docente de literatura desde 1983 hasta 2020. Ha publicado el libro de cuentos Nada que escribir (Tinta Libre, 2021) y los libros de ensayos Apuntes sobre narrativa argentina actual (Río Tercero, 1992), La mirada insomne (Córdoba, 2005), La escritura presente (Río Tercero, 2009), El relato futuro (Madrid, 2015), Saer: la vacilación de lo real (Río Tercero, 2016) y La lectura incesante (Córdoba, 2018). Además, ha sido colaborador de medios como La VozTribuna (Río Tercero), Corredor Mediterráneo (Río Cuarto), Etcétera (Universidad Nacional de Córdoba, UNC), Argus-a (Buenos Aires), Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (España) y Escritores.org (Buenos Aires), entre otros. Desde 2020 es columnista radial de MestizaRock FM (Río Tercero) Desde 2021 es colaborador de https://www.elarbolcultura.com.ar/ (Medio digital de difusión cultural de Río Tercero y zona) y participa del Colectivo Cultural y Educativo de Río Tercero.

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