«Somos ese texto que no comprendemos»

 «Somos ese texto que no comprendemos»

Una nueva colaboración del escritor, crítico literario y ex docente Sergio Colautti llega hasta las ramas de este árbol y es un bálsamo que en esta oportunidad plantea ciertas hipótesis acerca de nuestra relación con la literatura y en su instancia reveladora, con el lenguaje. Las palabras introductorias pueden sonar redundantes en este caso y no queremos de manera alguna llevar la atención a otro lugar que no sea el texto que Colautti tan generosamente nos acerca. Pasen entonces, estimados lectores, sientan la confianza de subir tan alto hasta la copa de este árbol que intenta contener todo un universo cultural y una vez arriba calmen la respiración y deténganse en cada párrafo que a continuación les presentamos:

Apuntes sobre el acto de leer

Somos ese texto que no comprendemos

Entonces, debemos pensar lo incomprensible como una adquisición exclusiva del homo sapiens, y lo indecible como una categoría que solo pertenece al lenguaje humano.”

                                               G. Agamben, “¿Qué es la filosofía?”

Lectores

En “Una historia de la lectura”, ese itinerario fascinante que propone Alberto Manguel, leemos: “Todavía estamos lejos de saber qué hacemos cuando leemos. Sería el éxito supremo del psicólogo, porque significaría describir los procesos más intrincados de la mente humana. Sabemos que leer no se explica como un modelo mecánico, sabemos que tiene lugar en determinadas zonas del cerebro, sabemos que depende de nuestra habilidad para usar el lenguaje, del tejido de palabras que componen un texto, pero el temor de los investigadores es que el lenguaje mismo sea un absurdo o una arbitrariedad, que no comunique nada sino la imprecisión de su esencia, que dependa no tanto de quienes lo enuncian sino de sus intérpretes, y que el rol de los lectores sea  hacer visible aquello que la escritura sugiere mediante indicios y sombras” (1)

El repaso por la historia de la relación íntima y singular entre escritura y lectura va encontrando zonas de evolución y revolución; un punto de esa inquietante evolución sucede a fines del siglo IV, en la sorprendida referencia de San Agustín, cuando advierte que su maestro, Ambrosio, el obispo lector que lo acercó a la Biblia, leía en silencio, nunca en voz alta. Ese detalle es un temblor nuevo en el modo de acercarse a un escrito: del texto dicho obligatoriamente en voz alta, para los otros que no saben leer, a la lectura de la intimidad, donde la voz se reconcentra, se hace recibimiento, se piensa desde el silencio como dispositivo de la interpretación, de la escritura que vendrá, de la palabra otra.

Pero en un momento clave, la lectura se torna, también, revolución: hacia el 1500, el libro sobre el que se fundó la Iglesia aparecía en medio de una controversia histórica fundamental. El libro o más precisamente, el modo de su lectura: para el teólogo romano Silvestre Prieras la Biblia era un misterio interpretado únicamente por la autoridad del Papa. Los heréticos (liderados por un lector rebelde, el monje Martín Lutero) mantenían que “el pueblo tenía derecho a leer la palabra de Dios por su cuenta, sin testigos ni intermediarios” (2)

Como una caja de letras

En el ensayo El cerebro lector, del neurocientífico Stanislas Dehaene, el episodio de San Agustín descubriendo la lectura silenciosa de Ambrosio vuelve a tener mención para advertir que el acceso al significado de la palabra escrita sin necesitar la pronunciación (la “voz alta”) podría seguir sucediendo, en los lectores expertos (como somos todos salvo los que están aprendiendo a leer o no saben hacerlo) a un nivel inconsciente: “en un nivel más profundo, la información acerca de la pronunciación de las palabras se recupera automáticamente. La vía léxica y la fonológica operan en paralelo y se refuerzan mutuamente” (3)

Como afirma Yuval  Harari, “el impacto más importante de la escritura en la historia humana es precisamente el cambio gradual de la manera en que los humanos piensan y ven el mundo” (4)

Ahora bien, ese paso decisivo sucede cada vez que leemos en un tiempo infinitesimal desde un sitio pequeño de nuestro cerebro. El aporte más interesante de la Psicología Cognitiva Experimental es el descubrimiento de la llamada “caja de letras”, un maravilloso dispositivo que nuestro cerebro readaptó, es decir, diseñó, cuando el ser humano primitivo necesitó leer sus rudimentarias escrituras. Dehaene lo explica con claridad: “Las neuroimágenes modernas confirman que esta región (un sector pequeño del sistema visual izquierdo) tiene un papel tan esencial en la lectura que se la puede llamar acertadamente la caja de letras del cerebro. Responde automáticamente a las palabras escritas. En menos de un quinto de segundo extrae la identidad de una cadena de letras sin importar los cambios en tamaño, forma o posición de las letras. Luego transmite esta información a dos grandes conjuntos de áreas cerebrales distribuidas en los lóbulos temporal y frontal que codifican el patrón de sonidos y el significado.” (5)

Conociendo entonces cómo funciona nuestro cerebro al leer, resta saber cómo interpretamos eso que leemos, desde qué mecanismos, zonas, contextos o aprendizajes construimos respuestas personales a esa decodificación.

Volviendo al planteo de Manguel, la interrogación vuelve sobre el lenguaje, no ya sobre el mecanismo del acto de leer. El lingüista Noam Chomsky parece haber dado los pasos más importantes desde su campo, proponiendo la noción de “gramática universal”: si todos los lenguajes humanos comparten ciertas prácticas gramaticales comunes, como la creación de oraciones con sujetos y verbos, entonces esa gramática debe estar construida en nuestro cerebro. Como apunta Norman Holland, lingüista y crítico literario, “Freud ya había anticipado el pensamiento de Chomsky cuando “buscaba estructuras cerebrales a partir de actividades humanas universales como los sueños, los síntomas, el deseo, la satisfacción y la inhibición” (6).

Opacidades

Esas aproximaciones continúan aportando claridades, cruzando productivamente los trabajos de neurociencia, psicoanálisis, lingüística y crítica literaria. Y seguramente esa operación excavatoria continuará. Pero la cuestión seguirá siendo el lenguaje y su significación.

En la enorme tarea de Juan José Saer, escritor referencial en el trabajo de experimentación sobre escritura, percepción, punto de vista, lenguaje y relectura, subyace su concepción inicial y final: “contar lo real es imposible, pero esa imposibilidad es la literatura misma” (7)

Si logramos saber todo sobre el acto de leer, si disipamos las incógnitas sobre el mecanismo formidable que lo hace posible desde nuestro cerebro, si además conocemos que las interpretaciones se dejan atravesar por las zonas que estudian desde la semiótica hasta el psicoanálisis pasando por las novedades que aporta la psicología cognitiva (todas nociones de crucial importancia para una pedagogía de la lectura) nos quedará un vacío por explorar, un inquietante misterio: el sentido opaco del lenguaje, su fondo verdadero o el simulacro de su verdad.

Nosotros somos también esa opacidad, ese pliegue inenarrable entre lo real y su espectro. Somos lo que leemos desde el momento en que somos lenguaje. Somos ese sentido tal vez ineluctable; ese texto que nunca terminaremos de comprender.

                                                                                   Sergio G. Colautti

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