¿Cómo se escribe Dios? – cuento de Sergio Colautti

 ¿Cómo se escribe Dios?  – cuento de Sergio Colautti

Una màquina que escribe recuerdos convertidos en literatura. Muchos cuestionamientos, o tal vez uno solo, y enorme, que abarca al resto, que los contiene y que hoy los dice. Es un placer compartir con nuestros lectores este cuento que Sergio acaba de escribir y que una vez más, generosamente, nos entrega para que suba hasta la rama más alta de este Árbol. Que lo disfruten tanto como nosotros. La imagen de portada es de la obra El sacrificio de Isaac de Caravaggio realizada en 1603. Las que acompañan el texto son fotos del archivo del Árbol.

¿Cómo se escribe Dios?

La voz del castigo

                                                                       en el Paraíso

¿No viajaba en la luz?  

Alejandro Schmidt. Dar a luz.

Cuando Martín Leyes, estudiante del último curso de secundario, cerró el libro, tuvo una sola certeza: que no había certezas. O que había varias, cruzadas, superpuestas como capas de una realidad inatrapable para cualquier discurso.  Esa intuición le duró toda la vida: es en la arena del lenguaje donde se disputa el sentido de cualquier afirmación: lo que parece ser se dirime desde las palabras, desde los textos; repitió otra vez, para sí, en el silencio oscuro de su caminata, el concepto de Nietzsche que acababa de leer, que volvía a él como un eco: no hay hechos sino interpretaciones.

            Fue entonces cuando Leyes recordó un pasaje de su infancia. Aquella visión nítida que su memoria recobraba instante por instante: la procesión religiosa en su pueblo, caminando al revés la avenida principal, la que se hace tarde bajo la sombra de los palos borrachos. Tomado de la mano de su madre, escuchaba, aburrido, las preguntas que la locutora de la iglesia dirigía a la multitud; hasta que una lo sobresaltó: ¿Prometen querer a Dios más que a sus propios hijos? Leyes se recordaba levantando la cabeza hacia su madre, seguro de la respuesta negativa; el lo sacudió menos que la seguridad de la afirmación materna, que elegía sin dudar, sin inmutarse y sin mirarlo.  

            El episodio significó, para Leyes, la primera vez que se preguntó cómo se escribe Dios.

            Un relato, entre las lecturas juveniles, lo volvió a traer a la avenida, a la mano materna y al sí, convertido ya en memoria herida. El pasaje bíblico en el que Dios pide a Abraham que sacrifique a su hijo Isaac. La conmoción allanaba cada pasaje: un Dios que pide eso, el holocausto, un padre que obedece sin dudar y toma su cuchillo, un hijo que pregunta y cuando es amarrado, no se rebela y, lo que más lo intrigaba, el momento posterior al sacrificio que no fue: la vuelta a casa, qué se dijeron, qué palabras sonaron como truenos en el descenso de la montaña, qué pensó Isaac viendo el cordero en llamas tras de sí, qué miradas nuevas se cruzaron.

Leyes imaginó, atormentado, que tal vez ninguno de los dos sabía cómo se escribe Dios. Supo después que pensar eso, de ese modo, tenía nombres parecidos a la reprobación y al escándalo.

Entonces volvió a leer el pasaje de la creación que no terminaba nunca de comprender. Entre los escondrijos del Génesis estaba aquella frase impenetrable a su comprensión adolescente. Ese plural, en ese lugar, enunciado por ese Dios en plena tarea de ordenar que la realidad sea según su voluntad. Ese plural inentendible: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza…” ¿Qué esconde el plural? ¿Qué designa el posesivo “nuestra imagen y semejanza”? ¿Qué opacidad refiere el plural si el que enuncia es Uno, indivisible y único? ¿Es un Uno dual, como leen algunos, femenino y masculino? ¿Por eso la semejanza es dual pero no una?

Cùpula Iglesia de Lourdes Río Tercero

Leyes sumó preguntas a sus preguntas, pero el único resultado fue más turbación, y más preguntas. Y dejó de interrogar, y se dejó caer en el sofá, como quien se duerme.  En el sueño soñó a Dios, escribiendo en su libro la palabra “hagamos”, volviendo sobre ella con el gesto de corregirla y, sin embargo, apartando su pluma blanca y enorme, decidiendo dejarla así, para todos los tiempos.

Y creció Leyes en la dubitación que lo atravesaba cada vez que recordaba el sacrificio de la montaña o la palabra en plural; las dudas ayudan, se decía, a porfiar contra el sentido, a construir uno para tranquilizarse hasta volver a desarmarlo preguntando otra vez. Esa vacilación que en el fondo lo mantenía despierto, casi deseando no encontrar una respuesta convincente, para seguir tanteando en la oscuridad, tropezando con la incertidumbre, interrogándose.

Hasta que tuvo otra sacudida igual o peor. Otra lectura. De nuevo la historia bíblica abriéndose a su temblor y perplejidad: el pasaje en el que Herodes ordena la muerte de miles de niños, para dar con el hijo de Dios; alguna novela de Saramago que leyó meses antes lo impulsó a volver sobre la Biblia, que estaba ahí, con su tapa roja abierta, como esperándolo. Herodes decide la matanza, pero un ángel le avisa a José lo que sucederá, para que salve a su pequeño Jesús. Rescatado y a resguardo de los feroces cuchillos del poder, la interrogación abruma: ¿Por qué solo Jesús? ¿Y los otros? ¿No era ese padre, otro padre, el esencialmente bueno? ¿No hay carga de culpa por los niños que quedaron sin aviso, sin escape, sin aliento? ¿Qué sintió José cuando miró el pueblo, a sus espaldas, con el pequeño Jesús, entre sus brazos? ¿Qué vieron los ojos nuevos de Jesús, volteando la mirada? ¿Qué preguntó María, acompañando el escape y la agonía?

            Como si fuera la contraposición de Abraham, pensó Leyes, mientras cerraba el libro. El padre que obedece para matar al hijo, el que obedece para salvar al suyo.         Leyes pensó que la desobediencia hubiese evitado el estupor de Isaías y la mirada inquisitoria del Jesús de Saramago, preguntando por qué los otros no.

            A Leyes, en realidad, lo irritaba la conducta social que repite sin pensar, sin preguntar, sin permitirse dudar. Eso, la duda, era lo que más admiraba de las mujeres y los hombres que conocía en la vida social o en las páginas de sus libros. No la certeza inconmovible, la afirmación tranquilizadora, que le parecía fuera de la intensidad humana. La duda, la interrogación. Eso lo seducía, aunque preguntarse y dudar y volver sus pasos le deparara mucho más trabajo y sudor que decir que sí, obedecer o dejar pasar. Como aquel hombre que estaba parado a su lado en una misa, rezando con todos el Credo, y en el momento en que se repite “creo en la resurrección de la carne…” cerró su boca, dejó de orar, miró a los otros, como buscando alguien más que dudara, que no repitiera sin pensar, sin encontrar a nadie. Leyes lo miró largos minutos, intrigado y sorprendido, y entendió que había descubierto que el lenguaje cobra más sentido si quien lo construye vacila, y decide callar cuando el silencio dice el estupor, no la mudez.

            Cuando caía la tarde Leyes caminó las íntimas calles de su barrio, más aturdido que nunca. No elegía pensar en estas cuestiones, eran ellas las que lo invadían sin remedio y sin atajo.

Sin saber de qué modo, con qué lenguajes, antiquísimos o presentes, se escriben los actos de esa inmensidad inatrapable, a la vez sin voz y sin palabras, que se designa desde siempre con la palabra Dios.  

¿Con qué nombre escriben los hijos el nombre enigmático del Padre?

Leyes se pasó sus mejores años juveniles pensando en el valor de la desobediencia, interrogándose por la que más hubiese deseado, la de su madre en la procesión, diciendo no a la pregunta terrible de la locutora, allá, en el altar de la iglesia del pueblo.

Cuando estaba a punto de cumplir los treinta años, ese puente difuso entre la juventud y la madurez, Leyes decidió sepultar las cuestiones que lo torturaban, todas ellas vinculadas a la religión o, mejor, a la escritura de los hechos bíblicos; para sacudirse para siempre ese tormento regaló los libros y los textos a los que volvía compulsivamente. Consiguió un trabajo opaco, en una oficina insignificante, para invisibilizar sus días, sin familia, sin salidas, sin amigos. Prefirió ese ocultamiento deliberado a la tensión de las preguntas y la congoja de las lecturas. Así vivió hasta sus últimos años, penosamente solo, en la sala de un hogar de ancianos. Hasta que, en uno de sus últimos días, una abuela dejó un libro cerca de su mesa de luz, como obedeciendo a algo que no se designa con la palabra azar: El Evangelio según Van Hutten, de Abelardo Castillo. No pudo resistirse al impulso de tomarlo, abrirlo, hojearlo. Y leyó sobre los manuscritos del Mar Muerto, que ponían en jaque las certezas de la historia bíblica. Otra vez el sacudimiento. Otra vez se sintió vulnerable y prefirió cerrar el libro, casi arrojándolo.

Una noche de julio, impenetrable como un cerrojo oscuro y helado, Leyes dejó de respirar. Nadie supo contar si lo velaron, si fue gente a su entierro. Nadie lo recordó en el último hogar. Era el desvanecimiento del ser que había elegido y amasado en el invierno de su existencia. Un dejarse ir, alejado de los viejos pesares ingobernables del pasado lector. No leer nada era mejor, se decía Leyes, como convenciéndose, cada vez que veía o soñaba con los anaqueles amenazantes de una biblioteca. Así terminó Leyes, y acabó su historia.

 Alguien que escribe este último párrafo prefiere conjeturar que Leyes murió mucho antes, cuando dejó de preguntarse cómo se escribe Dios.  

Sergio G. Colautti

Fachada Iglesia de Lourdes Río Tercero

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